Mueren las raíces

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Mueren las raíces de la mandrágora de Latinoamérica. Su flor conquistó corazones, pues la belleza de su estética cautivó los incautos. ¡Ha muerto Fidel Castro!, raíz venenosa de estos campos, desiertos, abundantes de escasez, ausentes de vida.

Las aguas de dolor que surcan los ríos de miseria, su legado. El legado del horror. Esas aguas que han regado su maldad sobre las existencias mortales de pueblos hambrientos. Hambrientos de alimento, hambrientos de Libertad. La infamia ha conquistado un nuevo pedestal en la Historia.

La ideología del mal ha quedado absuelta, absuelta de todo bien. Ha quedado absuelta de felicidad, absuelta de toda ética, absuelta de riqueza y prosperidad. Pero no quedará absuelta, jamás, de las muertes atroces, de los sufrimientos de las almas cuya existencia ha envilecido bajo su verbo romántico y su acción asesina.

Defender la dignidad con el verbo, engañó a ingenuos, pero también a honestos. No hay dignidad en esclavizar pueblos enteros, no hay dignidad en haber esclavizado a un solo pueblo. Aún hoy queda algún engañado, que no quiere ver, o que ha quedado ciego.

Los gritos de desespero, fueron silenciados por mucho tiempo. La expresión fue castigada. Lo sigue siendo. El imperio de la insolencia es la ley de estas tierras. Condenados para la eternidad quedarán los malditos que nacieron para hacer del mundo un infierno.

Una de las raíces del mal ha muerto. Ahora sus flores marchitan, pierden su estética y queda su perversidad desnuda para la admiración de ojos de desencanto y el despertar toca la puerta de entrada, y pasa. El despertar de la repugnancia. La náusea.

Vendrán mejores tiempos.