MUD o los médanos de la desesperanza

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El cruel espectáculo de la oposición.

Desde que inició el diálogo entre el régimen narcotraficante que tiene secuestrada a Venezuela y los agobiados rehenes de la oposición hemos sido testigos de una penosa seguidilla de incoherencias que nos ha dejado aturdidos, boquiabiertos, sin palabra que pronunciar.

Una tras otra, la secuela de babosadas nos mantiene desorientados a los venezolanos. Los representantes de la oposición, uno tras otro, un día dicen una cosa, al otro se desdicen o contradicen: festejan liberaciones imaginarias, elecciones ilusorias; se mandan semánticas de embrujo, auténticos ilusionismos verbales; amenazan lerdamente desde la tarima, se acusan entre sí o vociferan ultimátums a la dictadura que se desvanecen en lo que los pronuncian, están hinchados en su propia mentira.

Es un espectáculo cruel, demasiado cruel para ser visto.

 

El malabarista y el carajazo.

Hace unas semanas, en un agónico espaldarazo público que ofrecí a Jesús “Chúo” Torrealba, lo llamé el malabarista de la cuerda floja de la política, lo hice de buena fe porque era notorio que estaba muy errático, se tambaleaba en un desequilibrio crucial y mi interés era que no se cayera y diera un tortazo, de dárselo nos lo daríamos junto con él. Mi gesto fue inútil. Chúo se cayó abruptamente; el carajazo fue espeluznante. Estamos aturdidos. No nos recuperaremos pronto.

Es una locura hacer lo mismo una y otra vez y soñar con obtener resultados diferentes.

¿Fue Einstein quien lo advirtió?

 

El espejismo del diálogo.

Con Chúo lo que se precipitó y descalabró fue un proyecto político de liberación que inició cuando asumió la secretaría de la unidad opositora (unidad que contribuyó a conservar y potenciar pese a las esporádicas –pero previsibles– contradicciones); que con la victoria del pasado 6 de diciembre obtuvo su momento culminante; que a lo largo del presente año levantó la bandera de revocatorio y luchó tenazmente por obtenerlo; que afincó su estrategia lúcidamente con inmensas movilizaciones de protestas en las calles; que mantuvo una iniciativa y coherencia prodigiosas, arrinconando al régimen nacional e internacionalmente (como jamás en todos estos años); y que naufragó sorprendentemente, de la noche a la mañana, sin lógica, en el mismo oasis temible que abismó –entre ilusiones y espejismos– a sus predecesores (Aveledo y Medina) en la farsa del diálogo.

Y aquí estamos abollados en la incoherencia y la incertidumbre.

¿Por qué insistimos en la locura?

 

Kikosis colectiva.

Pese a que me disgusta –lo considero pueril– su estilo de bufón del circo noticioso, estimo mucho a Kiko. Entiendo sus limitaciones, pero reconozco su profesionalismo. Su arrebatada –por desquiciada e incoherente– defensa de Chúo Torrealba es la prueba patente de nuestra estrepitosa caída como oposición. La justificación palurda que hizo del “acuerdo” entre el régimen y la MUD es sintomática de nuestra decadencia, fue de un absurdo estructuradamente patético. Así estamos, atolondrados, sufriendo una kikosis colectiva. Y pareciera que ni se dan cuenta, que no aprendemos.

Uno puede comprender y hasta aceptar la ineptitud, la cobardía, la retórica, el galimatías, pero lo que es inaceptable, lo que irrita, es que le quieran ver al venezolano la cara de pendejo. Eso es intolerable.

Acusar a terceros de las propias deficiencias o errores no es inepto, es vil.

 

El acuerdo o los teólogos de un dios inútil.

Escriban lo que escriban, periscopeen lo que periscopeen, el acuerdo leído por el representante del Vaticano y negociado por la MUD es un disparate cinematográfico. Las justificaciones posteriores han sido peores, como si asistiéramos a una parranda de teólogos borrachos que disertan sobre los alcances de un dios inútil.

Justificar la babosada del boicot económico (como consecuencia se afincan contra Mendoza o Hausmann), hablar de detenidos y no de presos políticos (este yerro fue reconocido), pero, sobre todo, desconocer la voluntad popular del pueblo de Amazonas que escogió democráticamente a sus representantes ante la Asamblea Nacional, sin su aprobación o conocimiento, fue una traición perversa a los principios por los cuales supuestamente luchamos: ¿Democracia? ¿Elecciones? ¿Voto popular?

¿A cuenta de qué el alcalde de Sucre o el secretario de la MUD –ese cogollo– deciden sobre el destino de un pueblo milenario como el amazónico que votó para escoger democráticamente a sus diputados? ¿Quiénes son ellos para desconocer la voluntad del votante?

Podrían haber negociado cualquier cosa, menos eso. Síntomas de nuestra debacle.

 

MUD o los Médanos Ubicuos de la Desesperanza.

El horizonte venezolano, tal cual están las cosas, es un médano infértil cuya desesperanza es ubicua, está en todas partes. Lo digo con tristeza y sin reproche. No acuso a Chúo ni a la kikosis colectiva de la desolación que estamos viviendo. No tengo ni ánimo ni moral para hacerlo. Ellos no son los responsables, ni mucho menos. Ellos han luchado a su modo, probablemente no sepan qué hacer, pero no pongo en duda sus buenas intenciones. El causante de la ruina es el chavismo.

Pero para lograr la libertad anhelada, para sobrellevar el apocalipsis y recuperar la democracia (incluso en Amazonas), tendremos que dejar de hacer lo mismo una y otra vez: dialogar con criminales, claudicar estrategias, ceder a chantajes, y más aún, negociar principios.

Estamos en medio de un desierto que hace desolador nuestro horizonte. Ojalá recuperemos el rumbo perdido. Ojalá dejemos de hacer lo mismo una y mil veces.

Solo la movilización multitudinaria y nacional nos liberará, para votar o para exigir elecciones. Lo demás es sembrar expectativas en los médanos ubicuos de la desesperanza.

Los demás es permitir que el chavismo signe nuestro horizonte.