Lo que viene

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La actitud del régimen es refractaria a cualquier clase de cambio que suponga la pérdida de poder y control. Han decidido resistir a toda costa, sin ponderar los daños que tal actitud supone para los intereses del país y de sus habitantes.

Continuismo e inmovilismo puro y duro, aun a costa de sacrificar la escasa legitimidad democrática que les restaba.

El mantenimiento del poder como objetivo central y único del régimen los ha conducido a ejercer en la práctica su vocación dictatorial. En lo va de 2016 hemos experimentado un retroceso colosal pasando sucesivamente de una situación de déficit democrático a una de no democracia a recalar finalmente en una dictadura abierta que apenas comienza y no tardará en mostrar los rasgos más negativos del despotismo clásico. El aparato del Estado ha devenido en una especie de guarimba para los tiranos de turno; en particular es clave el papel de una Fuerza Armada devenida en guardia pretoriana y de un Poder Judicial al servicio de la oligarquía chavista.

En el ámbito económico y social se ha acentuado una suerte de inmovilismo que insiste en aplicar las mismas fórmulas y recetas responsables de la actual catástrofe económica y correr la arruga confiando en una próxima subida de los precios del petróleo como salvavidas. Tal modificación de los precios de los hidrocarburos, de producirse en el corto plazo, no tendría la magnitud necesaria para reflotar el inviable modelo chavista. En todo caso, el gobierno persiste en el error de creer que la crisis es consecuencia de los precios del petróleo y no del agotamiento del modelo rentista y estatista.

A todo esto hay que se sumarle la cada vez más nítida asociación entre el régimen y sectores del hampa organizada. Asunto que constituye un agravante de la situación y un estímulo poderoso para el atrincheramiento en el poder a todo evento. Guardando las distancias del caso, la situación contiene semejanzas con los últimos tiempos de Fujimori y Noriega.

La ruptura del orden constitucional no ha debido sorprender a nadie y menos aún a la dirigencia democrática. Ese proceso comenzó el 7 de diciembre de 2015. Durante todo este año el gobierno ha enviado demasiadas señales de cuáles eran sus propósitos y avanzado en consecuencia.

El actual proceso de conversaciones gobierno-oposición, a menos de que se produzca una circunstancia sobrevenida favorable al mismo, va camino al fracaso por la intransigencia del oficialismo.

Ante semejante situación la coalición democrática agrupada en torno a la MUD pareciera no ser consciente de la gravedad de la situación. Continúa actuando como si no se hubiese producido un cambio de calidad negativo en el contexto político. Su cohesión continúa siendo precaria y carece de un plan político, un discurso, un relato y una estrategia común. Su formato actual y su modo de operar –que fue exitoso cuando solo se trataba de confrontar electoralmente al régimen– están desfasados y no sirven para afrontar con éxito la nueva situación ni materializar el enorme deseo de cambio que anida en la mayoría determinante del cuerpo social.

Esas carencias de la oposición democráticas le han permitido al gobierno recuperar la iniciativa política y un cierto respiro en medio de sus enormes dificultades

Lo que viene es una profundización de la crisis en un contexto político no democrático. Eso significa más represión, más arbitrariedad y más violación de los derechos humanos, civiles y políticos. Así como un mayor deterioro de la calidad de vida del venezolano común no experimentadas desde comienzos del siglo XX.