La memoria corta de Panamá

La memoria corta de Panamá

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Uno de los principales problemas que tenemos, los latinoamericanos, es la corta memoria y la falta del reconocimiento de nuestro pasado, lo que nos impide avanzar.

Las naciones logran reinventarse tan solo teniendo presente su historia; de lo contrario están condenadas al fracaso y sus puertas siempre abiertas a la miseria y con el inminente riesgo de ser gobernadas por tiranos. Recordar y no olvidar es lo que ha mantenido vigente a los pueblos, uno de ellos, los Hebreos, que ya tienen 5700 años de historia, y como siguen sumando a la humanidad.

Panamá es un caso muy peculiar, es una mezcla forzada de circunstancias, gente y eventos. A pesar de su peso en el continente, en la época de la Colonia, la llegada de Colón y del sevillano Rodrigo Galván de Bastidas, no es sino hasta 1903, cuando se separa de la Gran Colombia y logra su independencia y, sin embargo, todo ello no pareciera haberle servido de nada.

Los años dorados de Panamá han estado marcados por un desarrollo económico que le daba el Canal y el auge de un comercio importantísimo que se manejaba desde la Zona Franca de Colon; también la facilidad y el relajo del sistema bancario y financiero, permitieron la entrada de capitales de dudosa procedencia que se legitimaron en ese sistema, generando, a pesar de todo, bienestar.

Ya en años recientes, el boom Inmobiliario, con los cientos de millones de dólares que recibían de gente que tenía mucha facilidad para producir dinero, convirtieron a Panamá en una metrópolis con grandes rascacielos y modernas edificaciones.

El expresidente panameño, Ricardo Martinelli nos comentaba, a un pequeño grupo, que el inversionista venezolano era el mejor, pues compraba las unidades, pagaban los impuestos y lo hacía como inversión, no colapsando el país y sin generar molestias de ningún tipo a su gente.

Los panameños nos deben a los venezolanos, como diría mi abuela,

“hasta la manera de caminar”, esto es, su desarrollo, pero ahora pareciera que se activó el modo “memoria de rana”: no solo fingen demencia y afloran los sentimientos xenófobos más oscuros en contra nuestra, sino que, peor aún, el gobierno ha autorizado una marcha para hacer brotar lo más bajo y execrable del ser humano: el odio y la intolerancia.

Nadie ha dicho nada; solo un embajador por allí, o mejor dicho por aquí, saca a relucir una carta de excusas, simplemente para cuidar su cargo y ya. No entiendo cómo no hemos convocado en Venezuela a una respuesta contundente a semejante ofensa, recordando lo que no es elegante recordar: la gran cantidad de profesionales que tenemos por el mundo sumando al avance de cada uno de los países, los millones que hemos recibido aquí, nuestra solidaridad innegable y sobre todo lo que hemos hecho por tantos, muy especialmente por Panamá y los panameños.

Al final del día esa danza de emigración forzada, por distintas razones, ya causa estragos en nuestra sociedad, en nuestras familias y genera incomodidad a terceros; también en los países de corta memoria, donde se mal-agradece, olvidando a quienes contribuyeron a ser lo que hoy día son. Panamá es uno de ellos. Duele mucho todo esto, pero más aun lo que hemos visto allí recientemente; por eso nuestro plan A, B y C se llama VENEZUELA.