La invasión cubana, el legado de Fidel Castro

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La muerte del dictador Fidel Castro he generado opiniones muy diversas. Muchos en la isla y en el mundo la festejan con hurras recordando a Mario Benedetti, mientras que otros la lamentan. Independientemente del sentimiento que pueda provocar la muerte del dictador más sanguinario de la región, nadie puede negar que Fidel Castro fue un hombre carismático, como quizás Mussolini, Hitler y hasta el mismo Sadam Hussein; un hombre que sembró esperanzas en un pueblo golpeado cuando bajó de la Sierra Maestra en 1959, prometiendo políticas de igualdad y de respeto tras la tiranía de Fulgencio Batista. Pero tampoco se puede negar que Castro, expresión del más puro totalitarismo, es el responsable de la ruina de Cuba, de la muerte de miles de hombres y mujeres, de la persecución y el exilio de otros cientos de miles que simplemente se atrevieron a rechazar las prácticas totalitarias y criminales de un régimen farsante que vulneraba los derechos fundamentales de los cubanos. Ambicioso, revolucionario hacia fuera, Castro jamás abandonó las bondades del capitalismo y dentro de él murió, con los privilegios de una clase política dominante que disfruta de los derechos a los que el pueblo cubano jamás tendría acceso.

Sin duda, Fidel Castro ha tenido una enorme influencia en la vida política de nuestro país. Para el dictador cubano Venezuela fue siempre un valioso objetivo. Sabía Castro que el control sobre Venezuela y sus riquezas podía facilitarle muchos beneficios, incluso personales. Así, se lanzó contra el país en la década de los sesenta a través de la lucha armada directa y el apoyo a la guerrilla local, incluso el terrorismo urbano de entonces, para derrocar la democracia y en especial al presidente Rómulo Betancourt, quien sin discursos llenos de rencor y odio ni fórmulas comunistas ni populistas había dado inicio a la transformación del país.

Ataques constantes en el período de Raúl Leoni y acercamientos durante los gobiernos de Rafael Caldera y de Carlos Andrés Pérez quien optó este último por aceptar la convivencia, en favor del pueblo cubano que sufría entonces como hoy los embates de un régimen dictatorial sanguinario y perverso.

No pudo Fidel Castro ganar las guerras en la que se empeñó en África y en América Latina. Sus Che Guevara, tan sanguinarios como él, no pudieron penetrar en nuestros países. Los pueblos rechazaron y siguen rechazando esa forma aberrante de gobernar en la que con mentiras y en medio de farsas se desprecia la dignidad humana, aunque sus promotores aseguren con cinismo la igualdad y el respeto de los derechos de los ciudadanos.

Venezuela siempre estuvo en la mira del dictador. Si en los sesenta rechazamos al invasor cubano, en Machurucuto, símbolo de la resistencia patriótica; en 1998 el anciano y hábil dictador se aprovechó de las debilidades de un grupo de golpistas fascistas, ambiciosos y deshonestos para invadir el país por los puestos migratorios y con las facilidades y el protocolo que se dan a los huéspedes deseados.

Si una vez fue rechazado con dignidad, el invasor cubano gerencia hoy el país, contra la voluntad de la inmensa mayoría. En sus manos y con la venia del grupo de traidores que aún manda en Venezuela, el invasor maneja y dirige las instituciones y nuestra riqueza. Para completar la alta traición a la patria, se le ha entregado nuestra fuerza militar, las instituciones y sus hombres. Una vergüenza es sin duda que los enviados del régimen cubano manejen el sector público y tomen las decisiones que como país soberano debemos tomar los venezolanos.

Es preocupante que personalidades del mundo, incluido el papa Francisco, hayan lamentado la muerte del sanguinario dictador sobre cuyas espaldas reposan miles de muertos y perseguidos, como si las tiranías de izquierda fuesen distintas a las de derecha. No hay excusas para lamentar la muerte de quien tanto daño produjo en su país y en el mundo. El silencio en estos casos es más elocuente que cualquier declaración impertinente y desubicada sobre lo bueno o lo malo de este acontecimiento que para bien o para mal marca el cierre de una parte de la historia.

No podía menos el régimen de Maduro que decretar un duelo nacional por la muerte del dictador. Un acto simple que refleja con profundidad la afinidad entre el régimen venezolano actual y el que representó Fidel una vez y hoy Raúl, repudiado por la mayoría, aunque mañana veamos a través de los medios la manifestación que acompañará el féretro desde la Plaza de la Revolución en La Habana, hasta Santiago de Cuba, en donde se sepultará su cuerpo en cenizas y el legado del dictador que dirigió hasta sus últimos días la invasión de nuestro país.