¿Está la guerra servida?

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No todo lo prometido por Donald Trump será objeto de acciones en el sentido de lo que fuera planteado durante la campaña electoral por el candidato, hoy presidente electo, de la nación más poderosa del planeta. Hubo mucho de retórica durante los prolegómenos de la votación, pero el espíritu con que ella se desarrolló prevalecerá porque las actitudes, el estilo y la orientación de la personalidad de Donald Trump se han construido a lo largo de su vida y está allí para quedarse.

En este momento los expertos se devanan los sesos delante de sus bolas de cristal para predecir la forma en que el hecho electoral norteamericano afectará su política exterior. China es un área de enorme importancia y de mucha trascendencia tanto por la talla del gigante como por las turbulencias que han acompañado la relación en los últimos años. Sin contar con que China atraviesa un momento de inestabilidad económica que pudiera agravarse si Estados Unidos emprende acciones que la puedan afectar.

Tal como lo plantean los conocedores del tema comercial internacional, China aún continúa exhibiendo una gran dependencia de sus exportaciones hacia terceros países y hacia Estados Unidos, por lo que cualquier movimiento que favorezca a terceros mercados en su comercio con Estados Unidos perjudicaría notablemente la salud de su economía, pondría a Beijing en guardia o incluso incentivaría una guerra de terribles consecuencias. Dentro de este contexto los chinos vienen viendo con gran temor los temas comerciales internacionales. Ya no es el Acuerdo Comercial Transpacífico lo que les quita el sueño, ya que esta iniciativa pudiera estar muerta. Pero sí les desvela que dentro del ánimo de “grandiosidad” de Donald Trump se puedan iniciar acciones para atornillar su influencia con terceros países lesionando la primacía que China ha venido construyendo.

Lo único que tiene China de superlativo es el monumental tamaño de su economía. Su PIB per cápita apenas se acerca a los 8.000 dólares y este hecho la dota de una fragilidad de la cual es difícil escapar. Un deterioro de esta variable, lo que podría ser la consecuencia de una posición terminante de los Estados para conseguir su hegemonía internacional en ese terreno, provocaría turbulencias enormes dentro de la estructura social china y desmejoraría su capacidad de atender las necesidades del país.

La situación de la relación comercial entre los dos titanes es como la de una torre de naipes. Apenas se mantiene a duras penas y cualquier soplo del viento que tienda a alterar su equilibrio puede hacerla colapsar y desatar a los perros de la guerra.

Los números son elocuentes para justificar que se intente un cambio de rumbo en el lado americano. Por cada dólar que Estados Unidos vende a China, ha importado 4 durante 2015. Aun así, las amenazas de Donad Trump de imponer aranceles de hasta 45% sobre los productos chinos pudieran no ser más que bravuconadas. Los americanos tendrían mucho que perder en un enfrentamiento de esa naturaleza.

Las exportaciones estadounidenses hacia el Reino del Medio en este último año se han triplicado para pasar de 41.192 millones de dólares a 116.071 millones.