El Mausoleo de Martí

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Me cuesta creer que ese niño que insistentemente me pedía la libreta, el bolígrafo, chicle, en el centro de La Habana en 1995 esté ahora haciendo una cola para entrar al Mausoleo José Martí para presentarle sus respetos a la memoria de Fidel Castro.

Me cuesta creerlo sobre todo porque estamos aquí padeciendo del mismo mal, y ni siquiera llevamos 50 años ni un bloqueo a cuestas, como no sea el de la ineptitud de una cuerda de fulanos expertos en robar pero poco preparados para la administración de dineros públicos. Que ni moral tienen o, mejor dicho, tienen la dudosa moral revolucionaria que importaron de allá mismo, del mar de la felicidad.

Me cuesta creer que las miles de familias que viven hacinadas en las viejas casonas de esa capital caribeña que fue otrora tan atractiva estén haciendo cola para ponerle una flor al dictador muerto. Aunque sea este un verdadero dictador, que con mano de hierro sometió a sus enemigos hasta el exterminio; y lo mismo hizo con su gente, con su pueblo, a quienes enfermó de odio, de miedo y de hambre.

Me cuesta creer en las lágrimas de los cubanos al salir del mausoleo. Veo las fotos de las agencias de noticias, y me cuesta creer en esa tristeza, no porque piense que son hipócritas, sino porque –tal como pensé aquí en 2013 al ver las largas filas para ver a Chávez embalsamado– siento profundamente que deberían ser lágrimas de alivio, aunque no de alegría, porque igual me temo que poco vaya a cambiar el panorama. Aquí cambió, y se cumplió la predicción que en ese entonces hizo mi admirado Simón Alberto Consalvi, cambió para peor.

La tragedia de más de 50 años es la mamá de las tragedias. Solamente puedo describirla en la voz de aquel padre que perdió a su esposa y a un hijo tratando de escapar de la isla; un padre al que le quitaron la mitad de la vida y además el terruño, el origen, pero no la identidad. Ese que me contó con la valentía del que ha visto el infierno en el mar Caribe cómo los helicópteros de la fuerza aérea cubana hicieron un remolino en las aguas que terminó por tragarse la embarcación en la que huían de aquella dictadura criminal.

Él y su hijo sobreviviente deben estar celebrando ahora en otra frontera, con la bandera de su país en la mano, con la esperanza de volver.

Ojalá esa esperanza tenga puerto seguro. Ojalá esos vientos de cambio aterricen también en esta costa, azotada por el huracán que comenzó Fidel Castro en 1959. Porque una cosa hay que reconocerle al dictador cubano, constancia y persistencia, hasta que se hizo del petróleo y del dinero que un buen 24 de enero de 1959 le negó Rómulo Betancourt, presidente venezolano electo, estadista y forjador de la democracia, que se atrevió a pensar primero en su pueblo antes que en ayudar a nacientes totalitarismos caribeños.

Mi esperanza es otra, está cifrada en esa ineptitud de la que hablaba antes, en que para ser dictador y mandar por 50 años hay que ser algo más que una mala copia de la copia.